
Un abrazo para todos,
FELICES VACACIONES!

Adoro escribir en estas páginas pero con la avalancha de promoción, conciertos, etc, no he tenido demasiado tiempo (tiempo, tiempo, tiempo…).
He ahí el quid de la cuestión y el link de este nuevo capítulo. Este papel en blanco al que bautice con el nombre de cuaderno de bitácora tiene un propósito que ya he comentado alguna vez: reflejar pensamientos, anécdotas, vivencias que me abordan durante este viaje en el que estoy inmerso. Pero, en esta ocasión, utilizaré un orden contrario al habitual, es decir, voy a intentar explicar en qué punto me encuentro ahora e iré retrocediendo como si de una película se tratase: lo que veréis al principio será el final, la conclusión, y luego se irá desvelando cómo y por qué he llegado hasta ahí.
“Elogio de la Lentitud”. Esté título pertenece a Carl Honoré y me lo recomendó una periodista hace aproximadamente dos semanas mientras me realizaba una entrevista. Hablábamos sobre el presente y sobre postulados populares que he ido introduciendo en mis canciones como, por ejemplo, “la prisa mata”. La conversación caminaba bien distendida y yo, muy seguro de mi mismo, creía que mis palabras eran un reflejo de la actitud correcta. Entre tanto, mi manager, Gerardo, me apretaba para que fuéramos abreviando: el programa y sus horarios no perdonan y apretaban nuestros culos (por supuesto no era culpa suya; Gerardo es un gran conversador y le encanta disfrutar de las sobremesas). Días después, cansado de todo el trajín por estos parajes, llegaba a mis manos tan preciado manuscrito en forma de regalo. ¡Qué bien!, dije para mis adentros: a ver cuando tengo tiempo (tiempo, tiempo, tiempo…) de leerlo.
Los días, horas, minutos corrían y al final, en medio de la marea en que me hallo sumergido con esas tormentas y brisas que –todo hay que decirlo- adoro, me acerqué tímidamente al libro. Ya en sus primeros pasajes, repletos de ejemplos, se intuía hacia dónde iba, recalcando las falacias mejor tatuadas en la sociedad ¿avanzada?, esos hábitos de comportamiento que, de tan interiorizados (a veces, parecen parte de nuestro código genético), ni siquiera se nos ocurre poner en duda.
Conforme iba navegando por las grutas interiores del ensayo con pausas involuntarias de uno o dos días ciertos semáforos casuales me cegaban por otros lados. En una de esas comidas en los que, en lugar de masticar, devoras, se clavó en mis ojos un artículo con un título luminoso, emergente, posicionado, concreto y, para mí, chocante. Decía: “Maldita eficiencia”. Como podéis imaginar, dicho artículo ponía en duda nuestra administración del tiempo (tiempo, tiempo, tiempo…) yendo más allá y tratando casos claros y concisos. La eficiencia, afirmaba, no ha sido tan beneficiosa respecto al cuidado de los recursos naturales ni ha mejorado nuestro estilo de vida tanto como nos pensamos. Mientras, yo le metía prisa a un camarero que más parecía un funambulista, saltando de aquí para allá entre clientes hambrientos y necesitados de tiempo (tiempo, tiempo, tiempo…): TIEMPO.
Los días posteriores a estos dos inputs -léase, “Elogio de la Lentitud” y “Maldita Eficiencia”- no paré de enviar Sms a mis malditos roedores llenos de relojes con manecillas aceleradas adheridas a mi ser interior.
Ahí van algunos mensajes:
“El reloj solar es un medidor, gran invento de la humanidad”.
“El reloj de la supuesta eficiencia es un acelerador que, a la larga, solo acarrea pinchazos en nuestros neumáticos durante el camino”.
“La inmediatez solo satisface a la inmediatez, ególatra empedernida, hedonista siempre insatisfecha y violadora de los momentos vacíos tan necesarios para regenerar nuestros pensamientos”.
“Nos embalamos dentro de espirales giratorias, llenas de speed sin fin, adoptadas o creadas por nuestras herramientas de exposición al mundo; sucumbimos a tics y tacs en un TIEMPO relativo: ‘hasta los segunderos van estresados’”.
Adivino entre estos brotes de luz para mí y para quien pueda interesar que necesitamos redirigir nuestras prioridades. Adivino que, cuando algo sucede tan rápido, no puedes estar seguro de nada, ni siquiera de ti mismo; esta vertiginosa carrera contra nosotros mismos solo puede tener un final y es un choque frontal contra un muro de tiempo generado por la “sociedad de la eficiencia”. Adivino que soy consciente por primera vez de la envergadura de dicho mensaje y de lo poco interiorizado que está en mí: me pondría un diez en teoría y un cero en práctica. Y como hay asignaturas que sólo tienen valor ejerciéndolas, este verano vuelvo a repetir curso aunque mucho me temo que las aulas estarán a rebosar. Mi conclusión final es que en la vida, al igual que en una buena canción y como dicen los brasileños, hay que encontrar el tempo justo.
Dani Macaco.
PD: Cómo disfruté los últimos conciertos : Salamanca, Jaén, Sevilla, Málaga, Jimena… ¡Pure Communication: ‘sois los amos’!
Hace tiempo leí una pintada en la calle que decía: “la prisa mata y el móvil remata”. Yo soy víctima.
Bueno, me voy corriendo, que tengo una entrevista. No, hombre, no… ¡Os quiero musho!
Dani "Macaco"


Porque no tiene nada de malo; porque nos hace más humanos.
La risoterapia, ese arte de saber reir y enfocar con empatía la vida, a día de hoy desmerece en información y difusión respecto a otras técnicas y enfoques. La gente cree que la risa es algo infantil, vulgar, innecesario. Se ríen los niños, se ríen los borrachos y los locos; se ríe el que no tiene nada mejor que hacer más que perder el tiempo. Si tuviera problemas de verdad, si fuese maduro y estuviese de lleno en el mundo laboral y social, no se reiría tanto.
Esto es lo que deben de pensar esos orondos e hipertensos empresarios, el director de esa empresa, el joven padre o madre que cuída de sus hijos y apenas tiene con qué pagar su manutención. La risa es secundaria; reírse no ayuda a tener más dinero o algo que llevarse a la boca.
Pero debemos ver más allá de tales afirmaciones.
Al igual que el sueño, todo el mundo -desde el más poderoso hasta el indigente- tiene la facultad de reírse, en cualquier momento y circunstancia. Es una actividad a la que bien todos podemos aspirar. Al igual que el miedo, el amor y la esperanza, forma parte del ser humano.
Entonces, ¿por qué hay en nuestros días tan poca gente que se ría?
No hablo de risas ocasionales, pues hasta el más tirano o amargado acaba sucumbiendo a esta sana actividad, sino de mantener, como tono de vida, una amplia sonrisa frente a nuestra existencia y futuras adversidades. Aprende a sonreír a la gente cuando la saludes, sonrie sin malicia cuando veas un fallo tonto de alguien que conoces -o no-, y también cuando te equivoques, porque el reírse de uno mismo es uno de los mejores bálsamos para la mente y el espíritu. Quien no aprende a reírse de sus defectos no sale fortalecido de ellos. El que nunca se rie de sí mismo se acaba hundiendo en una miseria autocomplaciente. Lejos de la perfección que nunca podrá alcanzar como ser humano. Más aún de la humanidad que ese anhelo de perfección le hace olvidar.
El entendimiento general sobre la risa atribuye que ésta se realice cuando presenciamos o fuimos participes de algo cómico e inesperado. Es una burda mentira. Al igual que el escritor o poeta cuando escribe no está trabajando y agobiado, sino disfrutando de su arte, jugando, ninguna persona debería esperar a ciertas ocasiones concretas para reírse. ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay? Pregúntale a algún(a) amigo(a) que tengas y que se dedique al arte, si espera a determinados momentos para poner en práctica su talento. ¿Desde cuándo las musas tienen toque de queda?
La razón de que la risa sea un bien tan ignorado -e incluso despreciado-, pasa por el hecho de que no aporta beneficios tangibles o materiales. Pero decir que no es útil y necesaria es como afirmar que no lo es una gastrononía equilibrada, unas medidas mínimas de higiene. La risa es la higiene y el carburante de nuestras emociones, y si bien es menos poderoso que el enamoramiento -con diferencia, junto al odio, la emoción más intensa del ser humano-, su carácter jamás va a perjudicar al sujeto.
Mira a esos niños que te rodean, obsérvales. ¿Sabes la cantidad de veces que se ríen durante un día? ¿Puedes hacerte a la idea? Y lo cierto es que en muchas ocasiones son por las cosas más tontas e inverosímiles. Puede que no haya motivo alguno, pero mientras se ríen, son felices. ¿Es acaso éste un privilegio de la infancia?
Nadie dice que tengas que olvidar tus obligaciones, tus dudas, ilusiones y temores. Nadie habla de ir por la calle sonriendo sin ningún motivo aparente -aunque bien cierto es que hay mucha gente que lo hace-. No hay que ser cómico o payaso de circo para poder sonreír en la vida. Tampoco hay que ser un infantil inmaduro.
Simplemente debes aprender a tomarte las cosas menos en serio. A disfrutar lo posible de esta vida -que, se diga lo que se diga, es la única que conocemos y sentimos-, y aprender de tus errores con una sonrisa.
No te tomes la vida como si fuera una continua lucha. Sé critico(a) con el mundo que te rodea, pero no permitas que ese mundo te influya hasta tal punto de negar todo lo bueno que puedas mostrar y dar a los demás. Dos errores nunca harán un acierto. Recuerda el/la niño(a) que fuíste, y cómo te sentías entonces.
Aprende a sonreír, a reír frente a la vida. No en ocasiones concretas, sino como una norma. Quizá tus problemas sigan ahí y no se solucionen, pero al menos los enfocarás con otra perspectiva y energías renovadas.
Como un niño, que aprende jugando, y juega aprendiendo.
"El día más irremediablemente perdido es aquel en que uno no se ríe." (Oliver Goldsmith)
(dedicado a Julio Cesar Milian)